|
|
|
Para
Reflexionar
por
Leonardo Esteban Cano |
|
Ciencia Ficción y Ovnis II |
El
primer paralelismo que encuentro entre la experiencia
shamánica (quede claro que de aquí en más englobaré bajo este
nombre un abanico muy amplio de experiencias y realizadores,
donde categorizaré, sólo a título de simplificar, como "shamán"
desde un Alce Negro hasta un San José de Cupertino) es la
suspensión de la incredulidad. Durante la experiencia, los
testigos de OVNIs aceptan como cosa común y corriente no sólo
características de la aparición que resultarían chocantes con
otra perspectiva, sino ciertas anécdotas que, devenidas dentro
del episodio, no les llaman la atención: relojes que en sus
muñecas corren "al revés", falta de sombras o capacidad de
hacer pasar cosas sólidas a través de otras son en ese
contexto aceptadas como "normales", aunque fuera de la
experiencia llamen poderosamente la atención. Tomando en
cuenta el arquetípico Miedo a lo Desconocido, tan propio del
ser humano, experiencias que deberían ser psicológicamente
terribles para cualquiera son aceptadas emocionalmente sin
dificultad por los protagonistas. Aquí me pregunto si no
estamos frente a otra conexión entre Parapsicología y
Ovnilogía: la dicotomía "corderos" versus "cabras".
Fue el padre de la Parapsicología científica contemporánea, el
biólogo norteamericano Joseph Banks Rhine quien allá en los
años ´50 llevó a cabo una serie de experimentos muy
interesantes. Separó un grupo de estudiantes universitarios
según su actitud frente a lo paranormal: a los "creyentes",
los denominó "corderos"; a los escépticos, "cabras". Y sometió
ambos grupos a sus matemáticos y confiables tests de
percepción extrasensorial. El resultado fue por demás
sugestivo: sin posibilidad de subjetividad en la
interpretación ni de proyección de creencias previas,
definitivamente los "creyentes" obtuvieron, siempre,
porcentajes de aciertos muy por encima del azar, mientras que
las "cabras" rara vez alcanzaron ese piso. La conclusión era
obvia: las creencias -diríamos, la emocionalidad- es como una
espita que permite u obstruye la manifestación de fenómenos
Psi. En consecuencia, proyectando estas conclusiones al
terreno de los OVNIs, podemos afirmar que el hecho que los "creyentes"
protagonicen más fenómenos que aquél incrédulo que sostiene
gozoso que "nunca vio nada raro", no se debe a actitudes
pseudoalucinatorias del primero sino a un desenvolvimiento
particular de las categorías descriptas de perceptores. En
consecuencia, reconocemos aquí una parte de la mente del
perceptor que actúa, ora como sintonizador, ora como perceptor,
ora como amortiguador, ajeno a la conciencia del Ego.
Es muy común -exageradamente común- leer con distinta suerte
todo tipo de comentarios respecto a los "ilimitados" poderes
de la mente, las maravillas de que es capaz (y que ignoramos)
y sus sorprendentes recursos. Y sin menoscabar todo ello -no
sería, por obvias razones, justamente yo quien lo haría- creo
que es necesario en honor a la verdad poner ciertos límites y
enmarcar dentro del sentido común algunas apreciaciones, por
lo menos aquellas atinentes a las cuestiones que estamos
abordando aquí.
Porque creo que se exagera gratuitamente la presunción de que
cualquier evento "extraño" que un individuo protagonice puede
ser atribuido a la mente, como si ésta fuera una galera de
prestidigitador, como si por arte de birlibirloque la misma
fuera capaz de las más extrañas evocaciones, mediante las
cuales creemos poder reducir todo hecho insólito a la difusa
categoría de "alucinación" o "visión" sin más preocupación, y
sin, por lo visto, la sana reflexión respecto de si la mente
ha sido después de todo realmente capaz de producir aquello
que le atribuímos.
Rostros desconocidos acuden a mi mente durante un sueño, o en
estado de "alucinación hipnagógica " -la que ocurre cuando
estamos por quedarnos dormidos- o "hipnopómpica" -la que acude
apenas nos despertamos. Nos consolamos diciéndonos que,
seguramente, es "una creación de mi mente", por lo tanto falsa
e ilusoria, y no le damos más importancia, seguros que nuestra
mente nos ha jugado una mala pasada y que esos personajes no "existen",
en ningún plano de existencia del que estemos hablando. O
soñamos que nos paseamos por una casa que sabemos que es "nuestra"
casa, pero no se parece en lo más mínimo a la "real", o
visitamos una ciudad que, aunque reconocemos, no aparenta ser
como sabemos en vigilia que es. Y nos despertamos, musitamos
algo así como "pero qué cosas raras hace la mente" y pasamos a
ocuparnos de tareas más terrestres. Y se nos acaba de escapar
algo fundamental.
Porque si la mente "construye" los sueños y las alucinaciones
-aceptemos la postura oficial de la Psicología- como
dramatización de represiones, o eclosión de
deseos, es decir, responde a la necesidad de satisfacer
ciertas expectativas del Inconsciente, lo lógico es que lo
construyera con material conocido y no desconocido.
Si para entretenerse durante el dormir la mente decide irse a
pasear a cierta ciudad que conoce, ¿no sería lógico que la
reprodujera más o menos como es en realidad?. Entonces, por
aquél maltratado principio de economía de hipótesis, cabe
preguntarse: si la mente se toma el trabajo de "representar"
rostros desconocidos o lugares ajenos a su conocimiento, ¿no
será que, por vías que escapan a los alcances de este trabajo,
toma esa información de "otra" realidad?
Reflexiones que pueden hacerse extensivas también a la casi
innata actitud pública de considerar que quienes son testigos
presenciales de apariciones fantasmales, en, pongamos como
ejemplo, un antiguo castillo, son en definitiva víctimas
también de las trampas de sus propias mentes. Pero la pregunta
que me hago es: si las visiones de aparecidos, espectros y
fantasmas son simplemente alucinatorias, ¿porqué distintas
personas, generalmente desconocidas entre sí y en ocasiones en
épocas temporales distintas, alucinan lo mismo?. |
|

VOLVER
|

Impresiones
Gráficas
Carteles
Estampado y Bordado
Papelería Comercial
Atención a EGRESADOS
Serigrfía
Ploteo |