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Para
Reflexionar
Aporte de
Martín Simonetta
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Lo que el Rugby me enseñó |
Cuando
era chico no me interesaba el rugby. A pesar de la
insistencia de mi padre, quien lo había practicado, yo
decididamente prefería el popular y televisivo fútbol La
realidad evidenció que no era bueno para el deporte de la
redonda y, en consecuencia, fui rechazado en el equipo de mi
colegio.
En esas circunstancias, casi no me quedó otra opción que
–alrededor de los 8 años de edad- probar con el otro deporte
que se practicaba en la escuela: el de la “guinda”.
Cerca de treinta años después, me alegra decir que la
elección parece no haber sido tan mala ya que el rugby me ha
enseñado mucho, y no sólo en el campo de lo deportivo.
El rugby me enseñó que se puede jugar siendo gordo. Que hay
un lugar para cada uno y que debemos luchar hasta
encontrarlo. También me enseñó que el gordo puede enamorarse
del deporte, entrenar, ir al gimnasio, potenciarse, jugar y
ganar. Y que puede transformar su supuesta debilidad en una
incontenible fortaleza.
Me sorprendió cuando, por primera vez, un compañero tapó mi
cabeza con su espalda para impedir que el botín del
contrario la pisara. A partir de allí, aprendí y ejercí
–como todos- esa práctica que refleja el espíritu de equipo,
de amistad y, sobre todo, de lealtad, esencial al rugby.
También me hizo ver que en determinados momentos es
necesario bajar la cabeza como un toro, concentrar toda la
energía e ir para adelante buscando el in-goal contrario,
aún sin saber exactamente las consecuencias de tal decisión.
Me mostró que el juego termina cuando suena el silbato, que
se debe abrazar al rival tras la pitada final y disfrutar
relajadamente un tercer tiempo de reconciliación con los
jugadores del equipo contrario. Me enseñó a construir
relaciones fructíferas más allá de las dificultades de corto
plazo.
Me hizo saber que el árbitro es sagrado, y que, a pesar del
eufórico entusiasmo del juego, las reglas deben ser
cumplidas y que las decisiones del referee,
independientemente de su pequeño tamaño, deben ser
inapelables e indiscutibles.
Me mostró que una espalda ardiendo bajo las duchas del club
significa haber dejado todo en la cancha. Que se debe
disfrutar de la sensación del deber cumplido, más allá del
resultado. Que jugar y dejar todo en la cancha, ya es ganar.
Me enseñó a que la vida es “todo terreno” y que, a veces,
nos lleva a jugar en verdes canchas con delicadas pasturas,
y otras, en áridas superficies de tierra seca. Que la meta
es la misma pero la estrategia, para jugar y triunfar, puede
cambiar.
Me hizo comprender que no importa ganar ni perder sino
jugar, jugar mucho y divertirse. Que jugando se aprende de
los errores, se modifican las estrategias, aumenta la
autoestima e indefectiblemente se gana más de lo que se
pierde, en este y otros campos de la vida.
Me demostró que es compatible el trabajo duro con la mayor
diversión. Que, cuando uno se enamora de lo que hace, pocas
barreras pueden frenarlo. Me alentó a celebrar los éxitos,
pero también los fracasos, cuando se deja todo en la cancha.
Nuestro rugby es un reflejo de los “buenos viejos tiempos”
de la Argentina, cuando éramos un país abierto y atractivo
al comercio, a las inversiones y a las personas de todo el
mundo. Un resabio de la época en que Gran Bretaña arriesgaba
el 65% de las inversiones que realizaba en toda América
Latina en este país. Vías férreas, puertos, frigoríficos y
por qué no decirlo, el rugby, son algunas de las herencias
recibidas. Como un fiel y persistente reflejo de aquel
legado, la Argentina es el único país latino que se
encuentra –con firmeza y autoridad- entre los 10 mejores
equipos del mundo, jugando de igual a igual –y en muchos
casos derrotando- a las 5 naciones donde el deporte fue dado
a luz.
Faltan pocos días para que comience la Copa Mundial de Rugby
Francia 2007. En medio de este clima de alegría no puedo
evitar pensar en cuánta felicidad este deporte ha agregado a
mi vida y a la de mi familia. Me enseñó a crecer, a animarme
a ir hacia adelante, a tomar riesgo y a sentirme respaldado
confiando en mis compañeros, en mis amigos, pero -sobre todo-
en mí mismo. |
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